Dardos del cerebro al corazón
Un árbol, una montaña, una carretera nocturna vista a la luz de los faros de un automóvil, un trozo de mar o de desierto pueden parecer poca cosa, pero no son poca cosa. Cada árbol es único y múltiple -su carne es irrepetible, su idea es recurrente-.
Así pasa con todos los objetos fríos -dardos dirigidos al corazón, pero previo paso por el cerebro- que fotografía Juan de Sande. Busca en el desorden de los fenómenos (de la naturaleza o elaborados por la mano del hombre -almacenes a punto de derrumbarse, ángulos de una fábrica-) una huella noble. Noble en el sentido de Schiller: hacer un gesto o relacionarse con un objeto de forma que adquiera, más allá de su significado propio, algo así como una personalizada trascendencia.
Y a ello le añade, en su singular receta, el dramatismo -tiempo y anécdota- que envuelve los actos humanos. Nunca realiza una única fotografía, sino series pautadas. Cuando contemplas una de sus fotografías regresas a la infancia -la mirada limpia- para propulsarte a una zona desconocida. (Juan de Sande).