«Mis primeras fotografías de Barceló datan de 1985. Antes de toparme con él, yo me había concentrado en fotografiar los movimientos sociales de los años 70 en Francia, tarea que continué durante el periodo que sucedió a la revolución de los claveles en Portugal para diarios de izquierdas, en concreto para L’Humanité. Fue una época en la que me gustaba la fotografía de Henri Cartier-Bresson y la pintura de Van Gogh, como a la mayoría de las gentes que no conocen nada sobre estos temas. No sé si hoy en día sabré algo más que entonces, pero lo cierto es que la pintura de Van Gogh me sigue gustando de igual modo.
En 1978, las dichas y los azares de esta profesión me condujeron al taller de Joan Miró en Palma de Mallorca. Fue para mí una revelación, un choque visual apabullante. Hasta el más mínimo objeto que colgaba de las paredes del taller contribuyó a abrir mi mirada a un mundo nuevo. Entonces decidí fotografiar a pintores en sus talleres y, en la medida de lo posible, seguir la pista de su imaginería. Mi condición de español nacido en Francia dirigió mis pasos, naturalmente, hacia artistas españoles, muchos de los cuales vivían en París.
Conocí a Antonio Saura, a Miguel Ángel Campano, a Antoni Clavé, a Baltasar Lobo y a muchos otros. En el caso de Barceló, nuestro primer contacto se produjo por teléfono con el fin de lograr una cita en su taller. El artista no parecía muy entusiasmado, pero aceptó amablemente. El taller de Barceló era extremadamente grande y contenía un gran número de telas aún sin finalizar, todas ellas adosadas a la pared. El suelo estaba lleno de papeles, de paquetes de cigarrillos Gitanes vacíos, de botes de pintura de los cuales emanaba un olor acre, ácido. Barceló hablaba poco, absorto únicamente en su trabajo. Comprendí rápidamente que no le gustaban los fotógrafos. Aún hoy percibo su apuro, su timidez mientras se balanceaba apoyándose en un pie y luego en otro, con la mirada clavada en el suelo.
Mis primeras fotografías de Miquel deseaban sobre todo mostrarlo mientras trabajaba. Fotografié detalles de sus distintos talleres. Lo visitaba regularmente. Desde el momento en que Miquel me hablaba de un proyecto, de un viaje, yo siempre me las arreglaba para visitarle durante un corto periodo de tiempo. Estuve con él en Barcelona, en Palma, durante su primera estancia en Gao, luego en Ségou, en el país Dogón, en Palermo. Yo siempre partía sin la menor idea preconcebida, sin saber con qué iba a encontrarme, llevado únicamente por la idea de mostrar al pintor a través de fotografías.»
J-M del Moral