Halo. 19 poetas chilenos nacidos en los 90

La voz del escritor chileno Héctor Hernández Montecinos (Santiago, 1979) es una de las más sugerentes de la actual literatura de América Latina. Habla en dos sentidos: el de su propia obra, explosiva en cualquier género pero de rareza brillante en poesía y ensayo, y el de la obra ajena, que amplifica con antologías, ediciones y festivales.

En este sentido, la última propuesta de Héctor Hernández Montecinos es Halo [19 poetas nacidos en los 90], recién publicado en Santiago de Chile por J.C. Sáez editor, y en la que el escritor asume la compilación y el prólogo. El libro se presenta hoy, domingo 2 de noviembre, a las 19.30 h, en la sala Pedro de la Barra de la FILSA, con la intervención del editor Juan Carlos Sáez, el compilador Héctor Hernández Montecinos y el magnífico poeta Raúl Zurita como presentador. Leerán sus poemas varios de los autores incluidos en el libro: Julieta Moreno (1990), Maximilano Andrade (1990), Alexander Correa (1991), Fernanda Martínez Varela (1991), Benjamín Villalobos Baranda (1991), Nicolás Meneses (1992), Ronald Bahamondes (1992), Roberto Ibáñez Ricóuz (1993), Christopher Vargas (1993), Claudia Maliqueo Lagos (1994), Francisca Vidal (1994), Pablo Apablaza (1995), Catalina Ríos Muñoz (1995), Pablo Lara Buizú (1995), Yerko Ostap (1996), Aukán Martínez Kramm (1996) y Daniel Medina Lillo (1996).

Eñe. Revista para leer te ofrece el fragmento inicial de Lluvia o temblor, el prólogo de Héctor Hernández Montecinos a Halo, así como un poema de cada uno de los autores seleccionados.

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Matías Tolchinsky (Santiago, 1990) es licenciado en Lengua y Literatura Hispánicas (Universidad de Chile). Actualmente trabaja en su primer libro, Pergaminos de Persia.

 

Candelaria
(fragmento)

Toca Buriel tu cálamo calamitoso, habla de lo que en esos parajes junto a tu nueva amiga les aconteció, y cómo fue que terminaron calcinándose en las corcovas calamochas del desierto (con las resquebrajaduras de tus errancias anteriores abiertas, de par en par, abiertas de nuevo).

De cómo comenzaron a cernir ese calvario, desprovistos de lo más esencial. A pasos de chupalandero, ante el más incierto de los derroteros. Cara a cara frente a miles de manadas de chacales y caracales hambrientos. Acosados por bullires y campanilleos de aves y sierpes funestas, de lleno en el tristísimo escenario de llevar incontables noches durmiendo a la intemperie, bajo la carama, congelados.

Pero menos mal somos de fiel complexión yo y Candelaria – tú y Buriel, y más de alguna artimaña conocemos. Así que al pillarnos el invierno agarramos la cancagua acumulada en la humedad de las dunas y con ella nos improvisamos un refugio lo más acogedor posible. Y allí, previsiblemente, nos la componemos esperando que las tormentas de agua y arena mengüen.

Desarrolla tu cantal Buriel, despierta tu ritmo élego de piedra eriaza. Cónsone tras cónsone, arpegio tras arpegio narra tus viajes extenuantes, y cómo fue que llegaron con Candelaria hechos unos calandrajos a través de la tierra campa: todos cubiertos de cangalla y de ceniza, todos llenos de congoja y de canicie, tan cascados que ya casi ni hablar podían: tanto era el cansancio.

Refiérete al sabor de ese extraño chortal que fueron a encontrarse cuando su flujo sanguíneo ya casi había mermado por completo, cuando todo en ustedes apuntaba a ser no más que otro amasijo volcánico.

De ese clima que churruscaba. Cavar y cavar en torno a nosotros cavaduras con formas de ausencia. Chupetear hasta las bostas de los animales para obtener algún líquido. En cualquier momento salía de en medio una culebra y se cargaba a alguno, pero nuestro corazón se mantuvo siempre cerne, protegido por una extraña alineación de céfiros y corrientes.

Siempre firmes y aparejados, resistimos. La combinación de una serie de zafiros y diamantes nos permitió encantar toda suerte de escorpión, toda forma de naja que se interpuso en el camino.

¿Y de las catacumbas, de la arena movediza, hablarás algún día? ¿Y de las momias, vampiros, fantasmas y nigromantes que bajo esas galerías con tu antorcha y casi sin aliento te encontraste?

(…)