Borrell 107, por Ignacio Martínez de Pisón

A comienzos de verano os invitamos a conocer más a fondo Cataluña con enye publicando en nuestro espacio web uno de los textos recogidos en la revista, «La mar com a penyora» de Lorenzo Silva. Ahora queremos compartir con vosotros un texto más: «Borrell, 107», el diario que firma el escritor Ignacio Martínez de Pisón (Zaragoza, 1960).

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¡Que lo disfrutéis!

 

BORRELL, 107

Diciembre 1990

 

El periódico La Vanguardia del jueves 6 de diciembre le dedicó la primera plana, a cuatro columnas. Junto a una gran fotografía del solar convertido en un montón de escombros, el titular decía: «Una explosión destruye tres edificios del Eixample». Algo más abajo, la entradilla informaba de la cifra de muertos: entonces se creía que eran dos, pero acabarían siendo tres. La explosión, debida a una fuga de gas, se había producido el miércoles 5 pero los periódicos españoles llegaban a Grenoble con un día de retraso, así que no vi esa primera imagen del desastre hasta el viernes 7.

Estoy hablando de diciembre de 1990. Yo estaba a punto de cumplir treinta años y hacía nueve meses que me había convertido en padre. Para ese puente de la Constitución mi mujer y yo habíamos hecho planes diferentes. Mientras María José aprovechaba para ir con el niño a visitar a su hermana Lola, que vivía en Figueras, yo viajaba con un buen amigo, mi compañero de billar Carlos Sanz, a Grenoble, en cuya universidad estaba dando clases otro buen amigo, Antonio Pérez Lasheras. La explosión tuvo lugar a primera hora de la tarde, cuando ya todos estábamos lejos de Barcelona, y destruyó tres edificios: el número 111 de la calle Borrell, que era donde se había producido la fuga, pero también los dos contiguos, el 109 y el 113. Nosotros vivíamos en el número 107, el primero de los edificios que quedaron en pie: habíamos tenido suerte.

No pudimos comprobar los daños hasta que, pasados cuatro días, se nos permitió entrar. Grietas en techos y paredes, todos los cristales rotos, polvo por todas partes. En realidad, bien poca cosa para lo que podría haber sido. Creíamos que no tardaríamos demasiado en recuperar la normalidad, pero nos equivocábamos. Antes de aquella explosión había habido otras similares en Barcelona, y el Ayuntamiento decidió endurecer las medidas de seguridad. En edificios como el nuestro, construido a finales del siglo xix, las viejas y porosas cañerías de plomo debían ser sustituidas por nuevas tuberías de bronce. Los técnicos municipales se mostraron inflexibles: mientras no se hiciera esa reforma, en nuestra escalera no volvería a haber suministro de gas.

Entonces aún no lo sabíamos pero eso, a la larga, nos condenaba a dejar nuestro bonito y económico piso modernista. Primero había que determinar a quién correspondía pagar la reforma: si al propietario del edificio o a los inquilinos. Después había que poner de acuerdo a los vecinos, algunos de los cuales tenían gas butano y se negaban a gastar dinero en unas mejoras que no iban a aprovechar…La cosa iba para largo, y entretanto las actividades más elementales y rutinarias de nuestra vida diaria se habían vuelto muy complicadas. Sin agua caliente ni cocina por la falta de suministro, comíamos en una cafetería del barrio, nos duchábamos en pisos de amigos y calentábamos los desayunos y los biberones en un hornillo de camping-gas prestado. Con un niño de menos de un año, estaba claro que no íbamos a poder aguantar esa forma de vida durante demasiado tiempo.

 

Marzo 1991

 

Empezamos a mirar pisos por el barrio. Faltaba más de un año para los Juegos Olímpicos pero los precios llevaban ya bastante tiempo subiendo. Lo sensato era comprar antes de que se dispararan definitivamente. Encontramos uno coqueto y soleado en la calle Urgell, a solo dos manzanas de distancia. Cuando acudimos a la notaría a firmar la escritura de la que sería nuestra casa durante los siguientes nueve años, no éramos del todo conscientes de la transformación que se estaba operando en nuestras vidas. No mucho antes habíamos pasado de ser hijos a ser padres, y ahora dejábamos de ser inquilinos para convertirnos en propietarios. Con treinta años recién cumplidos, eso solo podía significar una cosa: nos había llegado el final de la juventud.

 

Enero de 1991 (FLASHBACK)

 

También la ciudad estaba diciendo adiós a una etapa. Se suele evocar con nostalgia esa Barcelona preolímpica, olvidando lo que tenía de zarrapastrosa: las bolsas de basura amontonadas en las esquinas, los ratones correteando por las vías del metro, las sillas de tijera que se alquilaban en las Ramblas. En la Barcelona de los años ochenta seguía muy viva la Barcelona apañada y provinciana de los sesenta, con un encanto barriobajero algo avejentado: prostitutas en cualquier esquina, broncas callejeras como en los años de la Sexta Flota, noches de olor a vómito y lejía. Todo eso lo eliminaron de un plumazo los Juegos Olímpicos, que convirtieron Barcelona en una ciudad más limpia y ordenada, abierta al mar, con buenas comunicaciones y cierto prestigio de modernidad cosmopolita: la Barcelona que desde entonces ha atraído a millones de turistas de los cinco continentes.

Cuando uno añora los lugares de su juventud no sabe muy bien si lo que añora son esos lugares o la juventud. De los sitios de Barcelona que fueron sacrificados en el altar del olimpismo el que más pena me dio fue el Bikini, la vieja discoteca de los años cincuenta en la que acabábamos la noche los que éramos jóvenes en los ochenta. Para los que tenían ganas de beber y bailar había dos zonas de baile (una de música moderna en la que nunca entré, la otra de salsa). Para los que teníamos ganas de beber y hablar estaba la barra exterior. Yo solía ir con Enrique Vila-Matas, Cristina Fernández Cubas y Gonzalo Herralde, supervivientes de la antigua tertulia del cine Astoria que habían adoptado como cuartel general un bar de General Mitre llamado Séptimo Arte. Las noches entonces consistían en: a) beber y hablar en el Séptimo Arte; y b) seguir bebiendo y hablando en el Bikini. Si eras un escritor joven y vivías en Barcelona, no podías terminar en otro sitio que no fuera el Bikini. Entre los asiduos recuerdo a escritores en catalán como Quim Monzó o Sergi Pàmies y latinoamericanos como Óscar Collazos o Vladimir Herrera. No sé si antes había tenido Barcelona un lugar de encuentro similar. Lo que sé es que luego no lo ha vuelto a tener. Cuando lo derribaron para hacer sitio a un centro comercial que debía ser uno de los emblemas de la nueva Barcelona, prometieron reabrirlo poco después en una ubicación cercana, pero la sala que se acabó inaugurando no tenía ya nada que ver. La desaparición del Bikini era otra de esas señales que anunciaban a mi generación el final de la juventud.

 

Verano 1991

 

Al piso de la calle Urgell nos mudamos en verano. El zaragozano Félix Romeo, siete años más joven que yo, era ya uno de mis mejores amigos, y siempre que viajaba a Barcelona se alojaba en casa. Cuando supo que íbamos a dejar el piso de la calle Borrell, nos propuso una especie de realquiler. Hacía tiempo que él y dos amigos de infancia tenían proyectado pasar una temporada en Barcelona, y de golpe se les presentaba la ocasión propicia: con ese piso (bonito, céntrico y muy muy barato) tenían ya solucionado el asunto de la vivienda. La cosa, sin embargo, debía hacerse bajo mano. No cambiaríamos la titularidad de ningún contrato. Yo seguiría pagando la renta, la luz y el agua, y luego ellos me los reembolsarían. Para no levantar sospechas, hasta mantendríamos el nombre de mi mujer y el mío en la tarjeta del buzón.

Félix aún no había publicado ningún libro. De momento, era un joven letraherido que, con colaboraciones en periódicos y revistas, trataba de abrirse camino en el mundo del periodismo cultural. Sus dos amigos eran Bizén Ibarra y Chusé Izuel. Yo los conocía de algún viaje a Zaragoza, pero no los había tratado demasiado. Entre ellos, más que amistad, existía una fraternidad profunda: eran del mismo barrio, habían estudiado y crecido juntos, habían intentado montar un grupo de rock, compartían gustos y aficiones, etcétera. Bizén quería dedicarse a la pintura; Chusé, como el propio Félix, a la literatura. De los tres, Chusé era el más inseguro, y los otros dos en alguna medida le protegían. Chusé, además, estaba pasando una mala temporada porque su novia de siempre le había dejado, y tanto Félix como Bizén creyeron que unos mesecitos en Barcelona le ayudarían a salir del atolladero…

 

Septiembre 1990

 

Pero estoy contando como si las supiera cosas que entonces ignoraba y que no supe hasta bastantes años después: concretamente hasta que en 2008 leí Amarillo, el libro que Félix dedicaría al suicidio de Chusé. También la imagen más nítida que conservo del Chusé de entonces está contaminada por lo que sucedió después. Me recuerdo a mí mismo pasando por la calle Borrell, levantando de forma instintiva la vista hacia el que poco antes había sido mi piso y viéndole en el balcón, vestido de negro, completamente inmóvil, las manos agarradas a la barandilla, se diría que dudando entre saltar o no. Si no fuera porque terminaría tirándose de ese mismo balcón, tal vez esa imagen no se habría grabado con tanta fuerza en mi memoria.

Intento neutralizar esa capacidad retroactiva de la memoria y donde ahora veo a Chusé es en una mesa del bar Mañé. No en una mesa cualquiera sino en la más alejada de la barra, una de las que daban a la calle Borrell. El Mañé, situado en un chaflán de Floridablanca y Borrell, era entonces mi segunda casa. Ahí bajaba por la mañana a leer el periódico y por la tarde, según la hora, a tomar un café o una cerveza. Ahí, durante los meses en que no pudimos cocinar en casa por falta de gas, nos dieron de comer a María José y a mí y nos calentaron los potitos de Eduardo. Ahí me sentaba a hablar de literatura norteamericana con Francisco Casavella, que vivía cerca, en Marqués de Campo Sagrado. Y ahí, finalmente, fue donde más veces estuve con Chusé mientras vivió en Barcelona, digamos entre septiembre de 1991 y febrero de 1992.

Recuerdo que le temblaban los dedos cuando levantaba la taza de café y que a veces se interrumpía en mitad de una frase, como si no estuviera totalmente convencido de lo que estaba diciendo. Ya he dicho que era el más inseguro de los tres amigos. También el más bajito y más flaco. Al lado de Félix y Bizén, fuertes, corpulentos, pura vitalidad, a Chusé se le veía escuchimizado y débil, con una palidez algo enfermiza. Quizás para compensar, llevaba una cazadora de cuero negro como las del Lou Reed de los setenta, que le daba un toque de agresividad y dureza. Conversábamos siempre sobre novelas y novelistas. Había empezado a colaborar en El Periódico de Catalunya y a menudo me hablaba del último artículo que había enviado o del escritor al que acababa de entrevistar. Detestaba a los novelistas engreídos que solo sabían hablar de sí mismos (en Amarillo incluyó Félix alguna muestra). Probablemente porque no quería ser un escritor que solo hablara de sí mismo, nunca me habló de los cuentos que escribía. Para leerlos tuve que esperar a la aparición de Todo sigue tranquilo, que Félix y otros amigos le publicaron póstumamente. El libro salió en 1994, el mismo año en que el propio Félix publicó su primera novela, Dibujos animados: en cierto modo, se convirtieron en escritores a la vez.

 

Febrero 1992

 

Félix estaba siempre yendo y viniendo y Bizén tenía asuntos que le obligaban a viajar a Zaragoza. De los tres, era Chusé el que se había instalado de forma más estable en Barcelona. El 27 de febrero, cuando se suicidó, en el piso solo estaba Bizén. Félix cuenta en Amarillo que habían estado bebiendo y viendo la televisión hasta la madrugada y que, a las siete de la mañana, Chusé bajó a comprar pan y se preparó una tortilla. Poco después, mientras Bizén dormía, se tiró por el balcón.

Al igual que cuando se produjo la explosión de gas, yo tampoco estaba esos días en España. Por entonces no había demasiados congresos o festivales en los que se requiriera la presencia de escritores. Aquella fue, de hecho, mi primera invitación verdaderamente sabrosa. La Casa de España de Nueva York, en colaboración con universidades e instituciones norteamericanas, programó una serie de conferencias y coloquios sobre la literatura española del momento. Querían que estuvieran representadas las tres generaciones de novelistas en activo, y los elegidos fuimos Ana María Matute, José María Merino y yo. Mi mujer y yo habíamos estado en Estados Unidos pero no en Nueva York. Aunque teníamos que hacernos cargo del billete de ella, no podíamos desaprovechar la ocasión. Mis suegros se ocuparían entretanto del pequeño Eduardo. Como vivían en Zaragoza, tuve que viajar primero para llevarlo y después para recogerlo. La muerte de Chusé debió de producirse cuando ya estábamos apurando nuestras últimas horas en Nueva York, porque la noticia nos la dio mi suegra cuando la llamamos por teléfono desde nuestro piso de Barcelona. Supongo que llamé inmediatamente a Félix pero no lo recuerdo. Cuando viajé a Zaragoza a recoger a mi hijo, Chusé ya había sido enterrado. Lo que entonces me contó Félix se mezcla en mi memoria con lo que años más tarde contaría en ese libro magistral y estremecedor que es Amarillo. En cambio, recuerdo con claridad algunos detalles que me contó Bizén sobre la violenta irrupción de la policía, que se descolgó desde el tejado y rompió la ventana para entrar en su dormitorio. Estaba Bizén tan profundamente dormido que no había oído el timbre. Cuando se despertó con el ruido de los cristales y se vio rodeado de policías, creyó estar teniendo una pesadilla. Minutos después, uno de esos policías le informó de que su compañero de piso se había tirado por el balcón y él deseó con todas sus fuerzas que eso fuera de verdad una pesadilla y que acabara enseguida…

Un detalle macabro. Entre que Chusé se tiró y que los policías bajaron con Bizén a identificar el cadáver pasaron varias horas. Entretanto, lo único que sabían era desde qué piso se había tirado, así que miraron en el buzón correspondiente y anotaron el nombre que constaba en la tarjeta, que seguía siendo el mío. Durante unas cuantas horas, mientras yo andaba por Nueva York ignorante de todo, el cadáver de Chusé Izuel llevó mi nombre y apellidos.