Entrevista a Javier Montes, por Anna María Iglesia

“Me horrorizan los cánones y todo lo que tenga que ver con las pandillas” Javier Montes

Nacido en Madrid en 1976, en el 2010 Granta lo incluyó entre «Los mejores escritores jóvenes en lengua española». Por entonces Javier Montes ya tenía a sus espaldas dos novelas, Los penúltimos y Segunda parte y había ganado el Premio Anagrama de Ensayo con La ceremonia del porno, un ensayo escrito a cuatro manos con Andrés Barba. Ahora, en 2016, regresa a la narrativa con Varados en Río (Anagrama), una novela que entremezcla la narración del viaje en primera persona con una propuesta ensayística de relectura de cuatro autores. Manuel Puig, Rosa Chacel, Stefan Zweig y Elisabeht Bishop. La experiencia de estos cuatro autores en Río sirve a Montes para construir la experiencia del yo narrativo, una experiencia que trasciende al propio yo para escribirse a partir de la relectura literaria y vital de estos cuatro autores.

 

“El exilio es algo curiosamente cautivador sobre lo que pensar, pero terrible de experimentar”. Las palabras de Edward Said parecen apostillar Varados en Río, ¿una narración sobre el exilio en un paraíso que no es tal?

Me gusta mucho esa cita de Said. Y se puede decir que sí, porque el libro explora la idea de que los Paraísos terrenales son, por su pura esencia, contradicciones inalcanzables. De que existen sólo en la imaginación y el recuerdo. Y de que hasta el lugar más paradisiaco puede volverse infernal cuando no estamos en condiciones de disfrutarlo o siquiera verlo.

 

En Varados en Río, el concepto de paraíso se pone en cuestión a sí mismo: Río de Janeiro se presenta como un supuesto paraíso que, sin embargo, sobre todo a partir de la experiencia de Rosa Chacel, de Zweig y del propio yo narrador, no es tal. En este sentido, Varados en Río, ¿es un relato sobre el desengaño?

¡Tampoco quisiera que el libro suene tan pesimista! Al fin y al cabo, durante algún tiempo, escritores como Bishop o Puig creyeron encontrar en Río, por fin, la meta de una vida errante. “Me siento como si hubiera muerto e ido al cielo sin merecerlo”, escribió Bishop al llegar a Brasil. Claro que escribía bajo los efectos de un enamoramiento reciente… Más que sobre el desengaño, yo diría que sobre la conciliación difícil entre ilusiones, nostalgias, deseos y crudas realidades que todos, escritores o no, famosos o no, tenemos que llevar a cabo todos los días desde que nos levantamos de la cama, en Río o en cualquier otro sitio.

 

En una entrevista, de hecho, afirmabas que «todo Paraíso tiene su serpiente y su manzana» y, podría añadirse, la condena es siempre la expulsión del paraíso. Sin embargo, en Varados en Río, la condena no es la expulsión sino la permanencia.

Sí, estamos acostumbrados a sentirnos desterrados del Paraíso, pero es más desconcertante acabar desterrado “en” el Paraíso, o en lo que muchos consideran como tal.  Me interesaba, a partir de mi propia experiencia, explorar qué pasa cuando se nos ofrece a manos llenas una ilusión de belleza y de plenitud que no podemos o no sabemos o no estamos de humor para aceptar.

 

En este sentido, el término “varado” resulta revelador: ¿el viaje y, en concreto, el viaje del exilio se convierte en un viaje del que ya no es posible el retorno?

Me alegra que te fijes en esa palabra, porque la elegí con cuidado. “Varado” no es lo mismo que “hundido” o “naufragado”. Un barco varado lo está, por definición, de manera temporal, a la espera del remolcador o la marea que lo saque de nuevo a mar abierto y le permita navegar de nuevo. La condición del náufrago es distinta, porque sus esperanzas se han vuelto drásticamente reducidas y debe aprender a conformarse con su suerte y hacerse a una vida nueva. Pero quien está varado en un lugar, como los escritores de los que hablo, está sin estar del todo: esperando el momento de volver a marcharse, sin acabar de enraizar. Es una condición enervante y a la vez muy estimulante para un escritor: quizá la ideal, en realidad, por dura que resulte: es la que proporciona la distancia necesaria para la observación implacable.

 

En cierta manera, Bishop es la nota discordante, es aquella que encuentra en ese exilio, por ser un exilio voluntario, su lugar y espacio. Pienso en sus versos: “Que Shakespeare y Milton/se vayan al Hilton/Yo me quedaré/en el Chico Rey”

Sí, es lo que decía antes: a los cuarenta años, inesperadamente, una poeta con pocos amigos y con pocas raíces encuentra en Brasil un amor y un hogar (quizá las cosas sean en realidad la misma). Su relación con Lota Macedo Soares, una mujer brillante y difícil, fue muy feliz y muy fructífera durante quince años. Y durante ese tiempo de vida en Brasil, Bishop lo vio por sus ojos y lo quiso con la misma intensidad. Pero yo creo que también a su manera más solitaria y peculiar también Puig, durante unos años, encontró en Río un paraíso provisional y un reposo en su destierro voluntario y su permanente huida de su amada/odiada Argentina.

 

Sostenías hace algunos días que Río tiene una parte oscura, pero que Europa ha conseguido que no se vea. ¿Necesitamos soñar en paraísos inexistentes y solo la permanencia en estos supuestos paraísos nos descubre su artificio, su falsedad?

Bueno, me refería a algo obvio: en Río la desigualdad y el “lado oscuro” de su belleza está a la vista, aunque sea sólo por pura topografía: las favelas se asoman incluso a las playas más famosas desde lo alto de los morros. Occidente no ha solucionado, ni mucho menos, sus propias contradicciones y miserias: simplemente se las ha arreglado para barrerlas debajo de la alfombra, para situarlas en extrarradios que no se visitan o al otro lado de estrechos y costas cada vez menos infranqueables. Es una situación explosiva, como vemos hoy todos los días con el drama de los refugiados sirios o las banlieus parisinas, por poner sólo dos ejemplos.

 

El testimonio de Chacel y de Puig,  en este sentido, ¿funciona como contrapunto a la utopía que Europa ha construido en torno a Río?

No estoy seguro de que pueda plantearse en esos términos. Tanto Chacel como Puig vivieron en épocas diferentes, cuando los problemas eran otros. Y tampoco hay que engañarse sobre la naturaleza de su escritura, que tuvo muy poco de “denuncia social”. Pero sí que dan, al menos, visiones divergentes del mito estándar de la ciudad: el suyo es un Río melancólico, nocturno, lluvioso, poblado por ancianos y figuras espectrales y nostalgia.

 

Si antes decíamos que Bishop parece ser la única capaz de encontrar verdadero refugio en Río, Puig es aquel que, consciente de estar varado, encuentra refugio en el cine, en esa videoteca infinita, que tú comparas con la biblioteca borgesiana.

El cine había sido, para un Puig niño e inadaptado al ambiente machista y mediocre de la pequeña ciudad de la Pampa seca donde se crió, una vía de escape para soñar con otros Paraísos posibles. Lo interesante es que una vez instalado en Río, uno de esos paraísos soñados, procurase reinstalar en él, mediante la recreación del cine de su infancia, una versión corregida y mejorada de ese mismo paisaje donde se crió y del que llevaba huyendo toda su vida.

 

Asimismo, si Puig busca refugio en un Río que parece no terminar de acogerlo, Zweig es aquel encuentra en el suicidio la única válvula de escape. En este sentido, ¿Varados en Río no es el relato sobre los intentos de huida dentro de un viaje que ha terminado en condena?

En cierto modo, Zweig se enfrenta a su suicidio como el destino final de un exiliado que ya ha probado todos los lugares posibles. Su destierro era particularmente doloroso porque la patria mental que consideraba suya, esa que luego se llamaría “Europa de los cafés”, la Viena sofisticada de entreguerras, el continente cosmopolita y abierto por el que se movía como pez en el agua, habían dejado de existir. Zweig quizá se suicidase como último recurso para exiliarse de un exilio que pasara lo que pasara, ganase quien ganase la guerra, iba a ser ya irrevocable.

 

Si, como decía George Simmel, todo relato es relato de un relato de viaje, ¿Varados en Río es un viaje narrativo y ensayístico sobre el viaje?

No estoy seguro, quizá ese tema esté tan presente como muchos otros: la necesidad de buscar una casa y de abandonarla, el peligro de alcanzar lo que se desea, la sensación cada vez más extendida de ser turistas de nuestra propia vida, de haber perdido la conexión real con lo que nos rodea. Pero estas cosas, en realidad, se ven sólo cuando uno termina lo que escribe y cuando escucha lo que otros tienen para decir: no me siento nunca a escribir con un “tema” en la cabeza, y en este caso menos que nunca: me interesaba contar las historias que el libro cuenta, y hacerlo mediante una forma a caballo entre la ficción y lo real que me permitiese estar cómodo y experimentar con maneras híbridas de contar y de hilvanar relatos y dar voces.

 

Varados en Río se presenta, en un inicio, como el relato en primera persona de un viaje, casi huida, a Río de Janerio y, sin embargo, pronto este relato se ve intercalado por capítulos ensayísticos en torno a la experiencia de exilio y permanencia en Río de Chacel Puig, Zweig y Bishop. ¿La experiencia de ese yo es, en parte, la suma de experiencias de estos cuatro?

Espero que sí: el “yo” que cuenta en el libro prefiere no ser invasivo, a menudo más bien prefiere admitir sus carencias, su desmemoria, su poca fiabilidad, las lagunas que forzosamente la imaginación deberá cubrir en la trama del relato. Es un yo que renuncia a cualquier pretensión de autoridad y que en cuanto puede se deslía en el conjunto de voces de un libro más coral que monologado

 

Y, a partir de aquí, ¿es Varados en Río una negación de la experiencia individual del yo en favor de una experiencia colectiva construida a partir de relatos y subjetividades ajenas?

No tanto una negación como un juego de espejos, de ecos, que recuerda que nuestra experiencia personal quizá sea más valiosa cuando se vuelve primer escalón y apoyo necesario para penetrar en las experiencias ajenas, para matizarlas y recrearlas. En ese sentido, mi experiencia  personal de Río fue solo un detonante para desplegar todo un tapiz de historias y seguir una miríada de pistas dejadas por otros escritores (mucho más ilustres) antes que yo.

 

La construcción de un yo a partir de la lectura ensayística de Puig, Chacel, Zweig y Bishop negaría, asimismo, la idea de la  auto-ficción poniendo el foco, a partir del sustrato ensayístico, en el término de  ficción y poniendo en discusión la idea de “auto”

Toda ficción es un poco auto-ficción velada, claro, y viceversa: todo lo que nos contamos sobre nosotros mismos, todos nuestros recuerdos, todas nuestras épicas privadas, vienen teñidos de las estrategias de la ficción que empezamos a absorbes, de una forma u otra, desde la infancia. En el caso de este libro, yo traté de mostrar esto permitiendo que la “interferencia” entre lo personal y lo ajeno, entre lo vivido y lo leído, fuese constante y quedase a la vista en la propia escritura.

 

Varados en Río se presenta como una propuesta crítica que define a Manuel Puig como el novelista argentino más relevante del XX y pone de relieve la novela dentro de la literatura argentina, cuyo canon gravita en torno al cuento. Definir a Manuel Puig como el novelista argentino más importante del siglo XX. ¿No es algo osado? Es decir, ¿No podría decirse lo mismo de Juan José Saer?

Puig es un grandísimo novelista, que le hizo a esa forma literaria cosas tan novedosas y luego tan asimiladas por tantos que ahora nos cuesta incluso ver hasta qué punto en su momento fue refrescante y experimental. Al mismo tiempo, llegó y llega a un público muy amplio. Y realmente a estas alturas no creo que haga falta “defenderlo”. Para mí y para otras voces muy autorizadas, Aira o Pauls por ejemplo, Puig es fundamental a la hora de abrir la tradición argentina a otras formas de escribir, a otras influencias y tonos. En cualquier caso mi libro no se plantea, en absoluto, como una propuesta de canon. Me horrorizan los cánones y todo lo que tenga que ver con las pandillas desde que tenía quince años, y no creo que un escritor (ni nadie) deba acabar reproduciendo los comportamientos gregarios de los adolescentes en el colegio durante toda su vida adulta. Más que como una defensa, en todo caso como una celebración de sus inmensas dotes de narrador, de su gigantesca capacidad para producir placer lector.

 

Junto a Puig, recuperas la figura de Rosa Chacel, una autora de la que solo ahora están reapareciendo reediciones de su obra –La sinrazón, por ejemplo. Y, a la vez, descubres a la Chacel más desconocida, la Chacel de Río de Janeiro. ¿Se trata de una autora “maltratada” por el canon español?

De nuevo, las consideraciones sobre el canon me importan más bien poco. Sí que creo que merece la pena leer o releer siempre a Chacel, descubrir sus diarios espléndidos, las novelas cortas de su primera época, la prosa siempre exigente y exacta incluso de las obras más arduas (y a veces casi ariscas) de sus últimos años. Nunca tendremos en castellano demasiadas escritoras como Chacel.

 

Si Zweig representa la derrota, Puig, el que encuentra un refugio artificial ante la imposibilidad de abandonar Río, Chacel es aquella que consigue volver, abandonar ese paraíso que no es. En este sentido, ¿Chacel es el reflejo del yo narrador? En otras palabras, ¿de los cuatro autores, el yo narrador que viaja a Río se queda con Chacel?

En realidad, salvo Zweig, todos los escritores (y yo mismo) siguen su viaje tras Río. Pero ninguno, claro, vuelve o prosigue tal como llegó. Chacel regresa en los setenta a una España infinitamente distinta de la España de la República que dejó atrás. Bishop nunca llega a olvidar su amor por Lota y su vida en Brasil. Puig murió inesperadamente al poco de instalarse en México… Creo que el libro, en realidad, es un recuerdo de que las vidas dan giros inesperados, de que el viaje y el destierro dejan marcas permanentes, y de que las experiencias y modos de vivirlo de los cuatro pueden ser, en cualquier momento, los de cualquiera de nosotros.

 

Entrevista: Anna María Iglesia

Fotografía: Diego Burbano

 

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