Mircea Cărtărescu abrirá la Feria del Libro de Madrid

Mircea Cărtărescu será una de las estrellas literarias de la 77ª edición de la Feria del Libro de Madrid que tendrá lugar en el Parque del Retiro desde este viernes 25 de mayo. Además, inaugurará con su discurso de las las 19:00 horas, en el Pabellón Bankia de Actividades Culturales, las actividades de los 17 días que dura el evento. La Feria tendrá como país invitado a Rumanía, y como representante de este país, Cartarescu con su gran prestigio avalado con tantísimos premios, entre otros el último Premio Formentor, dará un pistoletazo que se espera por todo lo alto.

Como homenaje al autor y de modo aperitivo, los invitamos a leer Solenoide, su última novela, con esta primeras páginas que nos facilita la editorial Impedimenta.

 

Solenoide, de Mircea Cărtărescu

(Impedimenta, 2017. Traducción de Marian Ochoa de Eribe)

 

Así pues, soy profesor de Rumano en la Escuela Primaria número 86 de Bucarest. Vivo solo en una casa antigua, la «casa con forma de barco» sobre la que ya he escrito, situada en la calle Maica Domnului, en la zona del lago Tei. Como casi todos los profesores de mi especialidad, soñé durante una época con ser escritor, así como en el violinista que va tocando por las mesas de los restaurantes vive, agazapado y degenerado, un Efimov que se creyó en algún momento un gran violista. ¿Por qué no llegó a suceder? ¿Por qué no tuve la suficiente confianza en mí para superar, con una sonrisa de superioridad, la velada del cenáculo? ¿Por qué no experimenté la convicción maníaca de tener razón frente a todos, más aún cuando el mito del escritor incomprendido es tan poderoso —incluso con su consabida dosis de kitsch—? ¿Por qué no creí en mi poema más que en la realidad del mundo…? He intentado encontrar una respuesta a todo esto cada uno de los días de mi vida. Aquella misma noche de otoño, avanzada y húmeda, volví a casa andando, cegado por los faros de los coches, sumido en un estado de angustia como no había sentido jamás. La injusticia y la humillación me impedían respirar. Mis padres, que me abrieron como de costumbre la puerta, se quedaron petrificados al verme. «Parecías una aparición, blanco como la cera, y no entendías lo que te decíamos», me contaría mi madre más adelante. No pegué ojo en toda la noche. Releí mi poema unas cuantas veces, pero llegaba siempre a la misma conclusión: genial, imbécil, imbécil—genial, genial—imbécil o solo inútil, como si sus páginas estuvieran en blanco. Acababa de leer Niétochka Nezvánova, de Dostoievski, y me había parecido su mejor texto, inconcluso porque no podía ser continuado, porque el joven autor había llegado demasiado pronto a uno de los extremos de su mundo. Había pensado mucho en el padre de Niétochka, en Efimov, que había aprendido a tocar el violín, abrasado por la pasión y la inspiración, solo, y hasta había logrado hacerse famoso en su remota provincia. La soberbia de un hombre fustigado por una fuerza fantástica no conoce límites: Efimov había llegado a considerarse el mejor violinista del mundo. Hasta que, escribe Niétochka (pero ¿podemos creerla? ¿Qué sabía esta joven sobre el arte, sobre la música, sobre el violín? ¿Cuánto la había atormentado su padre con su furiosa locura, con sus crisis de orgullo y con su posterior caída en la desesperación, la enfermedad y la bebida?), un «verdadero» maestro del violín vino de Moscú a dar un concierto. Naturalmente, tras escuchar al «verdadero», Efimov no volvió a coger el violín y desapareció de su propio mundo fantasmagórico, del mundo de su hija y del mundo del propio Dostoievski, apenas dejó tras él el penoso aroma de la tragedia y de la condena en scherzo. Un pobre hombre engañado por el diablo mezquino de la provincia. Creo que nadie, nunca, al leer Niétochka, ha puesto en duda la mediocridad de Efimov como violinista, su ridícula gloria de tuerto en el país de los ciegos, su penoso autoengaño. Pero yo, que durante unos cuantos meses del verano del 76 viví como él y como los dioses, asustado por mi propia grandeza, por la omnipotencia del ser que me habitaba y guiaba mi mano sobre el papel, de tal manera que mi poema se había vertido en las páginas sin borrones, sin revisiones, sin añadidos, sin reescrituras, como si me hubiera limitado a separar, línea a línea, una banda alba que cubriera las letras y las palabras, sabía que Efimov había sido ciertamente un gran violinista, demasiado grande y demasiado novedoso y demasiado venido de ninguna parte como para poder ser comprendido de verdad. Sabía que ni el gobernador, ni los que lo rodeaban, aunque habían sentido la fuerza de su arte, habían percibido más que una gran luz sin límites y no habrían sido capaces de explicar por qué aquella música, distinta por completo de la música local, los conmovía tan profundamente. Yo sabía que no era él —marioneta manejada por una mano de otro mundo— el impostor, sino el «gran», el «verdadero», el perfecto violinista—moscovita, famoso en el mundo entero, el que había actuado ante cabezas coronadas, en París y en Viena, y se había dignado, al final de su carrera, a descender hasta el remoto rincón de Rusia para hacer felices a los bárbaros lugareños con la gracia y la nobleza de su arte. Un arte según las reglas, según los cánones respetados durante siglos, una música perfecta, por supuesto, pero a la vez humana. Y precisamente su parte humana era la moneda que iba a todas partes, a los palacios y a las chozas, pues resulta muy agradable sentir el peso de una moneda en la palma de la mano. Mientras que el arte inhumano, desordenado, que no tomaba en consideración la estructura del oído humano ni la estructura del violín, que no conocía los límites del movimiento de los dedos en las cuerdas, el arte infiltrado por la magia, desde otro mundo, en el cuerpo de Efimov, te clavaba en la mano el filo helado de la cuchilla, atravesaba la línea de la vida y te dejaba una cicatriz para siempre.

De las miles de respuestas que he dado, en noches de fiebre y tormento y días de ensoñación, en clase, mientras los críos estaban atareados haciendo un examen, o cuando me encontraba en alguna zapatería o en heladas paradas de autobús o esperando en alguna consulta médica, a la pregunta de por qué no me convertí en escritor, una me parece más verdadera que las demás por la paradoja y ambigüedad que entraña. He leído todos los libros y no he llegado a conocer siquiera a un solo autor. He oído todas las voces con la nitidez con que las oye un esquizofrénico, pero no me han hablado nunca con una voz verdadera. He recorrido miles de salas en el museo de la literatura, embelesado al principio por la maestría con que, en cada pared, hay pintada alguna puerta, un trampantojo. Tanta minuciosidad en la sombra afilada de cada astilla, en cada capa de pintura con sensación de fragilidad y transparencia, te hacía admirar a los artistas de la ilusión como no has admirado a nadie en este mundo. Al final, sin embargo, al cabo de cientos de pasillos repletos de puertas falsas, con un aire que huele cada vez más a óleo y a aguarrás y a rancio, el deambular se va alejando progresivamente del paseo contemplativo para transformarse en inquietud, luego en pánico y por último en algo irrespirable. Cuanto mejor haya engañado a tu ojo, con más intensidad te engaña y te decepciona una puerta. Están pintadas con maestría pero no se abren. La literatura es un museo cerrado a cal y canto, el museo de las puertas ilusorias, de los artistas preocupados por los matices del marrón y por la imitación lo más expresiva posible de los marcos, de las bisagras y de los picaportes, por el negro aterciopelado de la cerradura. Bastaba solo con cerrar los ojos y palpar con los dedos la pared lisa e interminable para comprender que en el edificio literario no hay aberturas ni fisuras por ningún sitio. Solo que, seducido por la grandeza de las puertas cargadas de bajorrelieves y símbolos cabalísticos o por la modestia de la puerta de una cocina de pueblo, con una vejiga de cerdo en lugar de cristal, no quieres cerrar los ojos, querrías tener, por el contrario, mil ojos para atisbar el millar de salidas falsas que se extienden ante ti. Al igual que el sexo y las drogas, al igual que todas las manipulaciones de nuestra mente que querrían reventar el cráneo y salir al mundo, la literatura es una máquina de crear, en primer lugar, beatitud, y luego decepción. Después de leer decenas de miles de libros, no puedes evitar preguntarte: ¿dónde ha estado mi vida durante todo este tiempo? Has engullido un revoltijo de vidas ajenas que tienen una dimensión menos que el mundo en el que existes, por muy sorprendentes tours de force artísticos que sean. Has visto los colores de otros y has sentido la aspereza y la dulzura y la posibilidad y la exasperación de otras conciencias, que han eclipsado y han arrastrado a la sombra a tus propias sensaciones. Y si al menos hubieras penetrado en el espacio táctil de otros seres como tú, pero se han limitado a hacerte girar entre los dedos de la literatura. Te han prometido siempre, con mil voces, la evasión, y a cambio te han robado incluso la bruma de realidad que te queda.

Como escritor, te irrealizas con cada libro que escribes. Siempre quieres escribir sobre tu vida y siempre escribes solo sobre literatura. Es una maldición, una Fata Morgana, una forma de falsificar el simple hecho de vivir, de ser verdadero en un mundo verdadero. Multiplicas mundos cuando tu propio mundo debería bastar para llenar millones de vidas. Con cada página que escribes aumenta sobre ti la presión del gigantesco edificio literario, que obliga a tu mano a realizar movimientos que no querrías hacer, una presión que te constriñe a permanecer en el plano de la página cuando tú querrías tal vez atravesar el papel y escribir perpendicular sobre su superficie, del mismo modo que el pintor está obligado a utilizar los colores y el músico los sonidos y el escultor los volúmenes hasta el infinito, hasta sentir asco y odio, y todo ello porque no podemos imaginar que también podría ser de otra forma. ¿Cómo salir de tu propio cráneo pintando una puerta en la superficie interior, lisa y amarillenta, del hueso de la frente? Tu desesperación es la del que vive solo en dos dimensiones y está encerrado en un cuadrado en el centro de una hoja sin límites. ¿Cómo puede huir de esa cárcel terrorífica? Incluso aunque sobrepasara uno de los lados del cuadrado, el papel se extendería infinitamente, pero lo cierto es que ni siquiera puede sobrepasar ese primer lado, pues su mente de dos dimensiones no puede concebir la ascensión, perpendicular respecto al plano del mundo, entre las paredes de la cárcel.

Una respuesta, tal vez más verdadera que las otras, podría ser incluso esta: no he llegado a ser escritor porque no he sido, desde el principio, escritor. He amado la literatura como un vicio, pero no he creído sinceramente que ese fuera el camino. No me atrae la ficción, no ha sido el sueño de mi vida añadir unas cuantas puertas falsas a la pared de la literatura. He sido consciente de que el estilo (que es la mano de la literatura insertada en tu propia mano como en el interior de un guante), tan admirado por mis grandes escritores, no es sino rapto y posesión. Que la escritura devora tu vida y tu cerebro como la heroína. Que al final de una carrera no puedes sino constatar que no has dicho nada, con tu mente y tu boca, sobre ti, sobre los hechos menudos que han formado tu vida, sino solo sobre una realidad ajena a ti, cuyas intenciones has seguido porque se te prometió la salvación, una salvación simbólica, bidimensional, que no significa nada. La literatura es, demasiadas veces, un eclipse de la mente y del cuerpo del que escribe.

Puesto que no he escrito nada (he escrito un diario, es verdad, a lo largo de todos estos años, pero ¿a quién le interesa el diario de alguien anónimo como yo?), hoy veo con claridad mi cuerpo y mi mente. No son ni bellos ni dignos de interés público. Pero sí son dignos, en cambio, de mi propio interés. Los contemplo cada día y me parecen tan tiernos como los tallos transparentes, sin clorofila, de las patatas almacenadas en la oscuridad. Precisamente porque no han sido analizados por todas partes en veinte libros de ficción, poemas o novelas; precisamente porque no han sido deformados por la caligrafía. Empecé a escribir este cuaderno sobre el que no he soltado hasta ahora una sola palabra, el tipo de libro que nadie escribiría, en unas circunstancias especiales. Es una escritura condenada desde el principio, y no porque no vaya a convertirse nunca en un libro, sino porque seguirá siendo un manuscrito, arrojado sobre La caída, en ese cajón donde están los dientecillos y los cordeles del ombligo y las fotos antiguas, sino porque su tema es ajeno a la literatura, gira mucho más en torno a la vida —alimentándose de ella como el tallo de la correhuela— que cualquier otro texto que haya sido jamás expuesto sobre el papel. A mí me pasa algo, tengo algo. A diferencia de todos los escritores del mundo, y precisamente porque no soy escritor, yo siento que tengo algo que decir. Y lo diré mal y con sinceridad, tal y como hay que decir aquello que merece ser puesto sobre el papel. Muchas veces pienso que así tenía que ser: resultar aniquilado aquella lejana velada del cenáculo, retirarme por completo de cualquier ámbito literario, ser profesor de Rumano en una escuela de primaria, el hombre más oscuro sobre la faz de la Tierra. Y he aquí que ahora escribo, y escribo precisamente el texto que, mientras leía libros sofisticados y poderosos e inteligentes y coherentes y llenos de locura y de sabiduría, me he imaginado siempre, de hecho, pero no he encontrado por ninguna parte: un texto fuera del museo de la literatura, una puerta verdadera garabateada en el aire, y a través de la cual espero de verdad salir de mi propio cráneo. Un texto que ese que firma autógrafos en los encuentros con profesores —o en quién sabe en qué países extranjeros— ni siquiera ha soñado jamás.

Photo by Cosmin Bumbut – © Cosmin Bumbut/ Gentileza de editorial Impedimenta