Aquí y ahora 23 (Diario de escritura), por Miguel Ángel Hernández

Lunes 19 de diciembre

Sigue lloviendo. Pasas todo el día escribiendo, sin salir de casa. No avanzas demasiado. Vuelves sobre lo escrito. Planificas a sabiendas de que no cumplirás tus propios propósitos. Pero no importa. Planificar es necesario. Aunque sea para fracasar.

Asesinato del embajador ruso en Turquía. Internet se llena de imágenes. Algunos las banalizan inmediatamente. Comienzan los memes. El terrorista en la pose de Fiebre del sábado noche. El terrorista como el protagonista de una película de Tarantino. El terrorista como dj. Y también, claro, el terrorista como un performer. Una obra de arte político, dicen algunos. La imagen ya entra en el flujo de todas las imágenes que tenemos en la cabeza. Liberada de lo que significa –más allá del crimen, del nombre, de la vida real– la imagen es intercambiable. La imagen se desactiva. La realidad muere.

Te preocupa esa desactivación, pero te preocupa aún más la inmediatez con la que todo sucede. Necesitas tiempo. El tiempo que ahora ha desaparecido, el tiempo para pensar y digerir la tragedia. Todo tiene que ser ya. Si no opinas en el mismo momento en que suceden las cosas, has perdido tu posicionamiento en el timeline. Necesitas retuits, likes, estados compartidos. Acción-reacción, tiempo-cero, pura actualidad.

Acabas el día convencido de que Twitter y las redes sociales no son una herramienta de pensamiento, sino una herramienta de reacción. Es necesario un tiempo de demora, de desfase. Necesitas desincronizarte. Retrasar el reloj. Buscar espacios de silencio. Y, después, más tarde, a contratiempo, escribir, decir, opinar, quizá callar.

 

Martes 20 de diciembre

Sale el sol. Escribes el diario. Vas al gimnasio. Te preparas para lo que se avecina.

Comienzas a ver The OA. Es una serie extraña, pero te enganchas al misticismo que desprende.

 

Miércoles 21 de diciembre

Hoy no tienes un minuto libre. Temprano, subes al campus de Espinardo a una reunión con la vicerrectora de comunicación. Terminas justo para una tutoría de TFG. En clase hablas de la Historia Social del Arte y del modo en que el arte se relaciona con el contexto socioeconómico en el que surge. Te detienes en la obra de Michael Baxandall y en el concepto de “ojo de la época”. Su Pintura y vida cotidiana en el Renacimiento sigue siendo uno de los libros que mejor explican cómo los modos de ver, sentir e interpretar se construyen en el ámbito de la vida cotidiana. El arte está en medio de las cosas.

Al terminar la clase, pasas un rato por el aperitivo del Departamento y te despides de los compañeros. Coges la moto y subes otra vez a Espinardo a la reunión de la comisión del Centro de Estudios Visuales. Bajas a Murcia y te acercas a la presentación del libro de Ana Vidal en el café Ficciones. Llegas a casa y te tiras sobre la cama. Ni siquiera tienes fuerzas para preparar la clase del día siguiente.

 

Jueves 22 de diciembre

A las cinco ya estás despierto. Hoy es día de celebraciones. Dieciocho años que estás con Raquel. En un viaje a Madrid comprasteis un décimo que no os tocó. Una amiga te marcó su teléfono y tú te quedaste sin habla. “Como no nos ha tocado la lotería, te apetece ir al cine esta tarde”. Eso fue lo que dijiste. Y lleváis juntos ya casi una vida.

Último día de clase. Feminismo e Historia del Arte. Al final no ha dado tiempo a nada. Siempre te ocurre lo mismo. No sabes planificarte. Aun así, crees que la asignatura ha servido de algo. Sientes que han acabado con más preguntas de las que tenían al principio. Y eso es lo importante. Las certezas que se han roto. Las verdades que se han traqueteado. Eso es lo único que pretendías. Mostrar que las herramientas con las que piensan el mundo también debe ser pensadas. El aplauso al final de la clase lo dota todo de sentido. No es tu vocación la docencia, pero intentas hacerlo lo mejor que puedes. Como otros años, fotografías la pizarra. Allí han quedado las últimas palabras.

Miras los periódicos y ves las noticias sobre Diario de Ithaca. El titular de La Verdad te arranca una sonrisa: “Os mataría, vecinos”. Y, en grande, tu foto con cara de malvado. Esperas que nadie se lo tome en serio.

Por la tarde es la presentación del libro. El año pasado presentaste El instante de peligro. Mismo día y mismo lugar. Parece que todo se repite. Aunque hay diferencia en la repetición. Eres y no eres el mismo de hace un año. No sabes explicarlo, pero es posible que ahora estés más cerca de ti. En la mesa están Javier y Leo. Os lo pasáis en grande. Cuentas chistes y anécdotas. No puedes aguantar la risa. Cada vez te diviertes más cuando hablas sobre literatura. Será porque, en el fondo, no haces otra cosa más que hablar sobre ti mismo.

Después, en el Pura Vida, sigue la fiesta con cervezas y algo de picoteo. Los alumnos del taller de literatura continúan hasta el final. Acabáis en la Yesería. Y después en el Bizz’art. Una vez más, Murcia es una fiesta. La literatura es una fiesta. El instante de peligro se ha convertido en el relámpago de la felicidad.

 

Viernes 23 de diciembre

Todo el día sesteas. Instalas programas en el nuevo Macbook Pro y pierdes casi todo el día explorando posibilidades. Te hipnotiza la tecnología.

Por la noche, ves Incendies y te quedas sin habla. Denis Villenueve es un genio. Logra introducirte en la experiencia de la guerra incluso a través de la abstracción. Cualquier lugar, cualquier guerra, cualquier vida. Es un director que tiende a la universalidad. Igual que en La llegada. Las pequeñas historias construyen siempre la gran historia. Lo imperceptible está en la base de las grandes transformaciones. Y el ser humano es un colector de traumas invisibles.

 

Sábado 24 de diciembre

Aperitivo de Navidad en Murcia. Intentas aparcar y un policía te grita de muy malas maneras. Raquel te tranquiliza. Si fueras otro te bajabas del coche y le pedías explicaciones. No se te va el cabreo en todo el día.

Llegáis los primeros al Bar de Antonio y comenzáis con los vermuts. Luego llegan Ginés, Elisa, Leo y José Manuel. Cambiáis de lugar y os metéis en un bar que apesta vuestra ropa. Al salir te encuentras a Belén y la besas para una foto. Ya no te importa ni el qué dirán. Después, entráis al tardeo del Black Tag y no puedes aguantar tu olor. Tanto anuncio de perfume esta Navidad para acabar oliendo fritanga. Te escapas un momento sin decir nada a nadie y vuelves a casa a ducharte y cambiarte de ropa. Regresas oliendo a persona.

La cena de Nochebuena es en casa de Mercedes. Está ella, tu suegra, Raquel, Rosa y tu sobrino. Apenas se te nota el Jägermeister. Al menos eso crees. No manchéis el mantel, dice Mercedes. Pedro tira el agua. Tú tiras el vino. Raquel tira la sidra. Rosa también tira algo. No queda un milímetro limpio.

Se os olvida el discurso del Rey y lo buscas en Youtube. Para qué se habrá afeitado, dice alguien. Habla de España, de los españoles, de las elecciones…, no le prestas demasiada atención, la verdad. Sólo más tarde, cuando ves en un tuit una foto del discurso, te das cuenta de que has puesto el discurso del año anterior. Sólo cambiaba la barba. El discurso era intercambiable. No habéis advertido nada raro. Eso es la Monarquía en España. Un señor que dice siempre las mismas cosas. Y unos súbditos que las escuchan como quien oye llover. Una institución zombi. Zombi y tremendamente cara.

Os acostáis temprano. Mientras cierras los ojos recuerdas todo lo que pasó esta noche hace veintidós años. Te esfuerzas en recordar. Es curioso; creías que no ibas a poder dejar de pensar en ello durante toda la noche. Pero no. Sólo ahora, mientras intentas dormirte y sigues con el regusto dulzón del Jäger en la garganta, te viene todo a la cabeza. Pasa rápido. Después, sueñas que vuelas y que el Clark Institute es la casa de tus padres. Está vacía. Ellos hace tiempo que partieron. En el centro hay un hueco profundo que decides no mirar.

 

Domingo 25 de noviembre

Comida de Navidad en casa de tu hermano Juan. No te cabe nada más en el estómago. Eso es lo que te dices al comenzar. Pero en cuanto abren el vino comienzas a comer. Después, pruebas todos los dulces de la bandeja. No tienes fuerza de voluntad. Pero es Navidad. Ya habrá tiempo para adelgazar.

Por la tarde, lees casi de un tirón Piel de Lobo, la última novela de Lara Moreno. A partir de la mitad del libro ya no lo puedes soltar. Está lleno de verdades. Una pérdida, una historia oscura, la relación entre dos hermanas… No puedes evitar que en la lectura reverbere todavía Incendies y el recuerdo de Nada se opone a la noche, dos historias que te han acompañado estas semanas. Los libros nunca se leen solos. Las lecturas son porosas. Y, por alguna razón, Piel de lobo acaba condensando todo aquello pensado durante los últimos días. Por eso te eriza la nuca en algunos momentos concretos. Porque habla de las historias que se quedan y te acompañan. Las historias reales. Las tangibles. Las que pesan. Las que atraviesan el papel y rajan la piel como una cuchilla afilada.