Duelo de Eduardo Halfon, por David Pérez Vega

Editorial Libros del Asteroide. 106 páginas. Primera edición de 2017, ésta es de 2018.

 

Ya comenté al hablar de Monasterio y Signor Hoffman que en la pasada Feria del Libro de Madrid compré los tres libros que a Eduardo Halfon (Ciudad de Guatemala, 1971) le había publicado la editorial Libros del Asteroide. Como los libros de Halfon son cortitos y me están gustando mucho, decidí continuar con Duelo, una vez terminado Signor Hoffman. He leído Duelo en un día. Es cortito –106 páginas– pero también es adictivo. Se junta todo.

 

«Se llamaba Salomón. Murió cuando tenía cinco años, ahogado en el lago de Amatitlán. Así me decían de niño, en Guatemala. Que el hermano mayor de mi padre, el hijo primogénito de mis abuelos, el que hubiese sido mi tío Salomón, había muerto ahogado en el lago Amatiltán, en un accidente, cuando tenía mi misma edad, y que jamás encontraron el cuerpo.», así comienza la novela. El Halfon adulto se dirige a la casa que sus abuelos poseían en las orillas del lago Amatiltán para ver si consigue averiguar algo sobre la muerte del que podría haber sido su tío.

 

La novela tiene dos tiempos narrativos principales, que se van alternando: uno inicial, en el que el personaje y narrador Eduardo Halfon va en un coche prestado por un amigo (un Saab color zafiro del que también se habla en uno de los cuentos de Signor Hoffman, creando las conexiones subterráneas propias de su obra) a la casa que fue de sus abuelos, en las orillas del lago Amatiltán. Allí quiere ver si puede ponerse en contacto con don Isidoro, un jardinero que había trabajado para sus abuelos en la década de 1970. «Se me ocurrió que ese chalet había tenido ya varios dueños desde que mis abuelos lo habían vendido a finales de los años setenta, pero siempre con don Isidoro ahí para todos, al servicio de todos. Como si don Isidoro, más que un hombre o un empleado, fuese un mueble del chalet, incluido en el precio.», leemos en la página 21. Un párrafo que me ha hecho pensar en esas relaciones de complicidad que los escritores de las clases medias-altas (o clases altas) de Hispanoamérica establecen con el personal de servicio de sus casas, y que han aparecido con tanta fuerza en las historias de escritores como Alfredo Bryce Echenique o Jaime Bayly.

El otro tiempo narrativo es el que habla de la familia Halfon en Estados Unidos, de su traslado a Florida a principios de la década de 1980. «Una mudanza temporal, insistían mis papás, sólo mientras mejorara la situación política del país.» (pág. 16). Una situación política ­­–y bélica– de la que el niño Halfon ha permanecido al margen, a pesar de haber visto las consecuencias de la violencia de cerca («Pese al combate entre el ejército y unos guerrilleros justo delante de mi colegio, en la colonia Vista Hermosa, que nos mantuvo a todos los alumnos encerrados en un gimnasio el día entero.» (pág. 17). Las anécdotas de la familia en Halfon en Estados Unidos me han hecho pensar en la melancolía poética de los cuentos de la inmigración del dominicano Junot Díaz en Los boys.

Entiendo también que estas asociaciones que establezco (Alfredo Bryce Echenique, Jaime Bayly, Junot Díaz…) pueden ser muy subjetivas.

 

En Duelo, Halfon juega otra vez (como ya hizo en el libro Signor Hoffman) a confundir su nombre con el de Hoffman, un segundo nombre falso que, en más de una ocasión, le abre más puertas que el propio. Y este juego del doble nombre también se repite en una historia (en las que, como es habitual, se bifurca el libro) que tiene que ver con el abuelo materno. Cuando Halfon viaja a Alemania, con la intención de luego pasar a Polonia, y buscar el domicilio en Łódź del abuelo, visita un campo de concentración alemán y el pasar del nombre León Tenenbaum al de Leib Tenenbaum le va a permitir abrir el candado para descifrar las anotaciones sobre el paso de su abuelo por diversos campos de concentración durante los años de la Segunda Guerra Mundial.

 

Duelo también repite temas narrativos que ya han aparecido en Monasterio y Signor Hoffman: la visita a Polonia, y el alojamiento de Halfon en el Hotel Savoy de Łódź, y como pensé al leer Signor Hoffman –y se afirma aquí– el nombre del hotel es un homenaje a la novela Hotel Savoy, del escritor judío austriaco Joseph Roth. También se habla aquí –como en Monasterio– de la bisabuela enterrada en Córcega; o del número tatuado en el brazo del abuelo (su recuerdo del paso por Auschwitz), quien contaba a sus nietos que era su número de teléfono y que lo llevaba ahí escrito para no olvidarlo (narrado también en Monasterio). Y estas historias se matizan aquí, o se cuentan también aledaños narrativos no contados antes, como la experiencia del abuelo materno como trabajador esclavo en una fábrica de aviones alemana.

 

Algunas de las ideas recurrentes de la obra de Halfon siguen estando aquí: se narran las experiencias del joven Halfon en torno a su Yom Kipur (o paso a la vida adulta para los judíos) y se habla de su desafecto respeto a los ritos milenarios. «Recuerdo la sensación de que todo era un teatro.» (pág. 34). O bien, la sensación de vacío al visitar los campos de concentración: «Para mí todo campo de concentración no era más que un parque turístico dedicado a lucrar con el sufrimiento humano.» (pág. 39)

 

En realidad, conoceremos ya avanzada la novela, Halfon ya sabe, cuando ha comenzado esta historia, cómo murió su tío Salomón, y lo que realmente quiere hacer cuando viaja al lago es descubrir de dónde procede lo que sabe que es una confusión, sobre este tema, que se generó en su niñez. Y lo cierto es que si bien el planteamiento de un misterio, en torno a la muerte de un niño, hace que avance la trama y que el lector siga las páginas de la novela con intriga, el recurso de averiguar cómo murió el tío no es más que una excusa narrativa –o leitmotiv– para que Halfon nos hable, como acostumbra, de su familia y de su pasado.

 

 

Duelo se abre también a núcleos narrativos nuevos en la obra de Halfon (o lo que yo conozco de la obra de Halfon): las historias de la fábrica de bikinis del padre en Miami, conocer a su tío Emile, que estuvo en la cárcel por estafador (de esto se habló de pasada en otro libro); y sobre todo, en su tramo final, la novela propone un nuevo e interesante camino narrativo. En las páginas finales de Duelo, Halfon nos hablará de los ritos ancestrales y mágicos de su país, Guatemala; aunque, en la antepenúltima página, un niño le diga que él no parece de allí. Y en esta búsqueda de la identidad, del ser y no ser, del nombre falso y del verdadero, de las raíces reales e impostadas, se mueve la obra de Eduardo Halfon.

Tengo curiosidad por saber cuáles serán los temas narrativos de sus próximas obras. A mí me gustaría que me hablara más de la guerra en Guatemala, de aquellas horas que estuvo encerrado en el colegio porque había un enfrentamiento en la calle, por ejemplo, o de los cadáveres de guerrilleros que aparecieron muertos en el lago de su infancia. Me está generando mucho interés la obra futura de Eduardo Halfon. Por ahora diré que ayer fue a visitar librerías y me traje a casa tres de sus libros más antiguos, publicados antes de los de Libros del Asteroide. Creo que comentar esto, hace innecesarios más elogios sobre la obra de un autor.