No tan chico, por Sergio del Molino

 

Carraspeo, que es lo que se hace cuando uno se pone diplomático. ¿No se han fijado en que los políticos y los embajadores carraspean un poco antes de responder una nadería sobre la paz de los pueblos y el deseo de que se llegue a un entendimiento? También carraspean las esposas y los maridos antes de contarles a sus cónyuges que desean ser ex cónyuges suyos. Así carraspeo yo antes de decir eso de que el cuento no es un género narrativo subordinado a la novela, que no existen jerarquías literarias y que los relatos cortos no son entrenamientos ni entretenimientos para novelistas. Todos sabemos que el mercado y las aspiraciones de muchos cuentistas, que se olvidan de que lo han sido tan pronto les cuaja una novela decente, matizan mucho estas declaraciones, pero hay que hacerlas por diplomacia, para no soliviantar a los cuentistas, que también son humanos como nosotros. O eso dicen.

Hay, sin embargo, novelistas con varias novelas celebradas que, por sorpresa y sin haber mostrado (claros) síntomas previos, sueltan un libro de cuentos. Libros que, como son de novelistas que publican en editoriales grandes, salen en esas editoriales grandes y no en las especializadas. Porque el cuento es como la televisión por cable, un nicho de mercado. Fiel, pero pequeño. Sin embargo, cuando Sara Mesa y Alberto Olmos han querido publicar colecciones de cuentos, sus editores (Anagrama y Literatura Random House, respectivamente) se los han publicado, aunque el cuento ocupe un lugar muy secundario en sus catálogos y, desde luego, nunca publicarían los cuentos de alguien recién llegado. Mala letra, de Mesa, y Guardar las formas, de Olmos, son dos desvíos aparentes en la trayectoria narrativa de sus autores. Aunque en los cuentos se encuentren los mismos temas y la misma voz, y aunque sean estrategias distintas para un mismo proyecto narrativo, nadie –ni ellos ni sus editores ni los críticos- puede evitar que percibamos esas obras como menores dentro de su producción, casi como regalos para entretener la espera hasta su próxima novela. Incluso como un recreo tras haber escrito novelas exigentes que les han dejado, sin duda, exhaustos. Hay otros escritores, como Marta Sanz, que recurren a la poesía para oxigenarse tras pasar muchos meses armando una novela, y el relato corto, bien lo saben sus teóricos, tiene claras filiaciones poéticas. Es más interesante, creo, el libro de Sara Mesa que el de Alberto Olmos, pero ambos son coherentes con las respectivas obras a las que pertenecen. No hay disonancia, sólo cambio de tempo. Mesa, de hecho, consigue en algunas páginas inquietar más que en sus ya inquietantes novelas, porque la economía expresiva le sienta muy bien a su prosa.

Hay, por supuesto, autores más constantes en su vocación híbrida. Pienso en Andrés Neuman, que además ejerció de apóstol del relato corto, junto a su editor en ese género, Juan Casamayor, de Páginas de Espuma, donde montó las antologías de Pequeñas resistencias, que cartografiaron el mapa del cuento en español. En este grupo de autores que van y vuelven constantemente del cuento a la novela se podría situar dos de las novedades más interesantes en el género corto de la temporada: Óscar Esquivias y Jon Bilbao. El primero acaba de publicar Andarás perdido por el mundo (Ediciones del Viento), un conjunto compacto de narraciones en las que destaca un uso magistral del lenguaje, con una preocupación por la textura y la calidad del castellano rara de ver en la narrativa actual. El segundo, tras un par de novelas muy celebradas, regresa al cuento con Estrómboli (Impedimenta), donde vuelve a asombrar con su precisión técnica y esa capacidad para construir artefactos narrativos perfectos que se desmontan si les quitas o les añades una palabra.

Siempre hay buenos libros de cuentos en las novedades de las editoriales especializadas (apunten, si tienen interés y andan perdidos por el mundo, como Esquivias: Páginas de Espuma, Salto de Página, Tropo, Impedimenta, Minúscula, Menoscuarto o Demipage, y me dejo unas cuantas por mi mala memoria, son las que publican lo imprescindible del relato breve en español), pero es raro que coincidan a la vez cuatro títulos interesantes y destacados de autores que también tienen recorrido en la novela. Estas cuatro sugerencias cuestionan (y esta vez no carraspeo) la condición de chico de este género.

[Puedes leer un relato de Jon Bilbao y otro de Óscar Esquivias en Eñe nº 40. Y también tienes un relato de Andrés Neuman en Eñe nº 6]